sábado, 1 de octubre de 2011

De Frustraciones y Despedidas Improntas.


Por Alma Castro

Ya van más de quince días y las escenas de Macondo figuran con mayor proximidad en el d.f.ectuoso. Llueve y como se sabe, la fuerza del agua diluye todo lo que encuentra. Resulta curioso ver como todo lo que tiene que ver con agua encuentra una polaridad extrema; el agua por un lado en todas sus presentaciones, incluso en esos pequeños hilos que se dibujan por la meseta blanca, parada o chocolatosa de tu rostro de cualquier rostro, presenta propiedades benéficas, hacen que se limpien las cosas, que reverdezcan los campos, que los pozos se llenen, que vuelvan a fluir los ríos perdidos… Pero a medida que el tiempo se alarga y la fuerza del líquido se va acumulando, se desatan una serie de problemas que pintan tragedias dolorosas. El agua todo se lleva, dejando sólo recuerdos imprecisos de cómo era todo antes de su aparición.
Resulta todavía más curioso analizar cómo es que en el último año, grandes seres han decidido partir en esta ciudad y en esta época, para nunca más escucharlos, para nunca más verlos acariciar gatos, hacer trazos multicolores o dar lucidez al pensamiento de izquierda. A lo mejor querían tanto a la ciudad, a su vida en esta urbe, que decidieron marcharse con la esperanza de que la fuerza del agua borre el rastro de su partida y tan sólo queden en nuestros recuerdos sus ideas, sus risas, sus imágenes y todo lo que nos dieron.
Quizá seas coincidencia, pero Monsiváis, Bolivar Echeverría, José Saramago y ahora el maestro Sánchez Vázquez, dejan en su partida la impronta de una lucidez que nos falta y a ellos les sobra. Sí, les sobra porque siguen vivos al leerlos, al ver sus trazos, al pensar en la imagen de una sociedad que nosotros aún no encontramos, vemos o imaginamos, pero que existe, porque otros la han creado con una amor y esperanza que han dejado lista para que la estiremos, la intervengamos, la queramos, la destruyamos y volvamos a crearla…
Este año, de nueva cuenta desastroso en las pérdidas intelectuales de la izquierda. Hizo que recordara al cronista de México. Como lectora y crítica de sus obras, siempre he encontrado en él una guía intelectual, una enorme honestidad y una brillantez sin paralelo.
Monsiváis, como antologador crítico de sí mismo, dio un transparente giro vocacional a partir de la instalación de la democracia municipal en México y la publicación de Los rituales del caos (Era, 1995): fue expulsando de sus libros a la crónica para integrarlos sólo con ensayos unas veces de análisis sociológico, otras de biografía intelectual y casi siempre de crítica literaria.
Títulos como Salvador Novo / Lo marginal en el centro (Era, 2000), Adonde yo soy tú somos nosotros (Raya en el agua, 2000), Aires de familia, Las tradiciones de la imagen (Ariel/Tec de Monterrey, 2001) o Las alusiones perdidas integran un núcleo bibliográfico orgánico e indispensable en el que se cuenta la mejor producción reciente del autor.
A la luz de la solidez de estos títulos, tal vez no sería un total despropósito repensar el problema del género literario en la obra de Monsiváis –los géneros de definición difícil son la constante en la generación de los años treinta– y comenzar a discutir si los que consideramos sus libros canónicos de crónica (Días de guardar de 1970 o el formidable Amor perdido de 1977) no eran más bien de ensayo político y sociológico.
Así como a Monsiváis no se le puede pedir que quite el privilegio de la duda a los movimientos de izquierda, no importa lo sospechosos que puedan parecerles sus cimientos a los demás –la consistencia también es una forma de la higiene–, tampoco se puede esperar de él una obra que se demore, que prescinda de los fragmentos y los relámpagos de genio. Su mente literaria construye por epigramas y de atrás para adelante: una sentencia lo abraza porque aclara cierto panorama, así que le hace una genealogía de un párrafo, una cuartilla cuando mucho, y pasa a la siguiente.
No es raro entonces que la matriz del importante ciclo de ensayos de crítica literaria de los últimos siete u ocho años esté en un artículo (“Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen”, 1977) y un prólogo (“El cuento en México”, 1989), y que su aparente conclusión sea un discurso (“Las alusiones perdidas”, 2007). Monsiváis escribe a la velocidad del pensamiento y sus entregas dicen más por lo que connotan que por lo que denotan. Leerlo es enfrentar sólo la mitad de un libro cuyas conclusiones se esconden detrás de la más temible de las sonrisas irónicas.
“Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen”, a propósito de la figura de Salvador Novo, es un ensayo biográfico en el que se articulan una figura histórica y el temperamento de su tiempo con una confesión de servidumbre periodística. Es el modelo a partir del cual Monsiváis ha levantado las efigies de los autores que lo conmueven. “El cuento en México” es casi su opuesto: un recuento ferozmente sistemático de las transformaciones de la sociedad mexicana durante el siglo XX –“migraciones culturales” las llamaría él mismo en Aires de familia– en las que la producción literaria puede ser entendida como una sintomatología; el método mediante el cual el autor, ya canonizado y presa más bien de la impaciencia, ha repasado la historia social de México a través de su producción artística. El licuado de ambas estrategias da una postura crítica: la historia literaria como un vademécum en el que se describen los síntomas, las curas y su efecto secundario: la salvación –literal– del lector.
“Las alusiones perdidas”, una de las piezas literarias más deprimentes y reveladoras de los últimos años, es la confrontación de dos mundos sin esperanza: el México del nacionalismo revolucionario, curioso y pujante, idílico en su transparencia pero imposibilitado para conceder a sus ciudadanos las libertades que les permitirían disfrutarlo, y el México antiintelectual y autocomplaciente del panismo, en el que la destrucción de los ambientes propicios para el desarrollo de la inteligencia banaliza las libertades conseguidas. El eje del texto es una afirmación teórica de consecuencias tan sorprendentes que no se entiende que Monsiváis la haya soltado en un discurso de agradecimiento, aun si nos tiene acostumbrados a sus apabullantes despliegues de claridad aforística: “En estos años, la tradición es aquello que vendrá.” ¿Dejamos de ser occidentales? Cuando alguien pregunta, la densidad siempre es virtuosa.
La única forma de que las “alusiones” a que se refiere Monsiváis en el título –el bagaje letrado que sostiene cohesionada a una sociedad– no se pierdan definitivamente es seguir preguntando de manera compleja.

1 comentario:

  1. felicidades Alma, muy bueno, me encanto lo fluido de la redacción y tu fina ironía, el tema, que decir, queremos tanto a Monsi, no es de extrañarse que un par de lagrimitas rodaran hasta la taza de café o que un gato callejero mahuye interrumpiendo esta lectura.
    Tienes un largo camino que recorrer, trabaja en lo que amas, porque el que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día... es un desocupado.
    chuyasso.

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